Nos encontramos en mitad de la cuaresma. ¿Has notado que tu vida ha cambiado en algo?

 

Hola a todos, nos encontramos en mitad de la cuaresma. ¿Has notado que tu vida ha cambiado en algo? ¿En ti a cambiado algo? ¿Estás poniendo de tu parte para vivir una cuaresma que de verdad te ayude en tu crecimiento de fe? ¿En tu relación con el Señor? ¿Con los que a diario te cruzas? Oh… por el contrario ¿te estás dejando llevar simplemente?

Si estás en este punto, dejándote llevar, deja volar tu imaginación, piensa que pasaría si el Señor te llamara ahora a ver su Rostro y te dijera: Hijo mío, que ganas tenía de fundirme contigo en un abrazo y de que por fin estuvieras a mí lado para que de una vez por todas lo entendieras todo.

Imagina…Que juntos repasáis tu vida y EL te pregunta: ¿Qué hiciste con la vida que te di? ¿Qué hiciste con las personas que puse en tu camino? ¿Qué hiciste con los bienes que te di para que administraras, como por ejemplo: la naturaleza? Bien, Si escuchando estas preguntas te cambia la cara, y pones cara susto o enseguida te viene la justificación, estás a tiempo. El Señor aun no te ha llamado y por lo tanto puedes empezar a enmendar y a enmendarte. Recuerda (Mateo 25, 40) <<Cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, a MI ME LO HICIERON.>>

Por otra parte, el papa en esta cuaresma nos invita a acusarnos y a avergonzarnos delante de Dios. Tal vez no tenemos ningún título universitario pero os aseguro, que como dice el papa, “Todos nosotros somos maestros, somos doctores en el justificarnos a nosotros mismos”. “Todos tenemos siempre un pretexto para explicar nuestras faltas.”

Dos formas de uno darse cuenta y entender este acusarse a uno mismo que en esta cuaresma convendría practicar.

Por ejemplo –afirmó el Pontífice- ‘cuando tengo envidia en mi corazón y sé que esta envidia es capaz de hablar mal del otro y matarlo moralmente’. Acusarse a uno mismo: ¿Quién soy yo para hablar de este? Y seguidamente después de la pregunta examina tu vida.

En segundo lugar, Cuando, sin decirlo. Solo estando yo y mí conciencia. Por ejemplo: paso por delante de una cárcel y pienso “estos se lo merecen”.  Acusarse a uno mismo: ¿Si no fuera por gracia de Dios, acaso no haría yo cosas peores?

En definitiva: ¿Quién soy yo para juzgar al otro? Ni con pensamientos interiores, ni con palabras, no soy nadie.  Mira tu vida y enseguida sabrás acusarte a ti mismo, con tus actos hacia los demás, con las cosas que pudiste hacer y no hiciste… un sinfín de cosas que sólo tú sabes y conoces. Si no cambiamos, nunca avanzaremos en el camino de la vida cristiana, ni en la vida espiritual.

Por otro lado, El Papa subraya otra virtud: avergonzarse delante de Dios, en un diálogo en el cual nosotros reconocemos la vergüenza de nuestro pecado y la grandeza de la misericordia de Dios: 

 

Mírate, experimenta la vergüenza y seguidamente pide y abandónate en la misericordia que tiene Dios contigo. Deja para ti la vergüenza y Para Dios la misericordia y el perdón de Él para contigo.

Para concluir, cuando uno aprende a acusarse a sí mismo es misericordioso con los otros: Pídele al Señor la misericordia. Deja que el Señor tenga misericordia contigo. No somos merecedores de nada ni de nadie. Piensa entonces cuando te quiere Dios. Cuanto te quiere que deja personas en tus manos, y que deja tu propia vida en tus manos. Que deja la belleza de la creación en tus manos.

 

¡Cuánto recibimos sin merecerlo! Animo, sigue caminando en esta cuaresma, y si te debilitas agárrate fuerte a la mano de María. Madre de todos nosotros.

Mariluz Hernández

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